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Ebook Los otros by Josefina Licitra read! Book Title: Los otros
The author of the book: Josefina Licitra
Edition: Debate
Date of issue: October 2011
ISBN: No data
ISBN 13: No data
Language: English
Format files: PDF
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Hay mucho para explicar.
Nadie sabe cómo pasaron las cosas.
Los negros dicen que fueron los tanos; los tanos dicen que fueron los negros.
Hay mucho para explicar.
Hay que decir que tanos y negros son, a grandes rasgos, las categorías que circulan a la vera del Riachuelo, a la altura de Lanús, en el codo más irremediable de la zona sur del conurbano bonaerense.
Hay que decir que el barrio de los tanos se llama Villa Giardino. Que se trata de una colonia de inmigrantes de clase media baja que llegaron al país tras la Segunda Guerra Mundial y que lo hicieron creyendo que la periferia era una promesa de algo.
Hay que decir, también, que el barrio de los negros se llama Acuba. Que consiste en un asentamiento montado sobre un terreno de la Asociación de Curtiembreros de Buenos Aires (de ahí la sigla Acuba) donde hoy viven dos mil quinientas familias que llegaron de Bolivia, Paraguay, Perú y el interior argentino y que no tienen peor suelo donde caerse muertas.
Hay mucho para explicar.
Los tanos y los negros están separados por un muro: eso también hay que decirlo. Un paredón de trescientos metros que fue levantado por las autoridades de la Asociación Cuenca Matanza Riachuelo —Acumar, un organismo estatal creado para mejorar la calidad de vida de los habitantes de la zona— y que sirve, entre otras cosas, para mantener a raya la tensión social que suele haber entre los barrios.
Y hay que explicar, por último, que el muro terminó siendo una solución endeble destinada a romperse. Llegó el día, sí, en el que alguien rompió el muro y armó un hueco. Ese agujero, dicen los tanos, permite a los negros entrar a Giardino y robar romper roer todo aquello que tocan. Ese agujero, dicen los negros, es el conducto que tuvieron que inventarse para acceder de forma directa a las escuelas, las plazas y las salas sanitarias de la zona, tres espacios públicos donde el recelo se presenta como una condición del aire: los negros respiran la distancia de los tanos. También respiran su miedo.
Negros y tanos; tanos y negros. De mierda.
Negros de mierda y tanos de mierda es como los negros y los tanos se llaman entre sí. A metros del Riachuelo está este mundo binario: hay lo uno y hay lo otro, y todo parece triste y fácil de explicar. Pero no se explica. Tampoco se entiende.
Nadie sabe cómo pasaron las cosas.
Los vecinos de Villa Giardino lo resumen así:
—Ellos venían de un piquete con palos, nos gritaban “tanos de mierda” y rompían todo: los vidrios de las casas, los árboles, los autos; después mataron a ese pibe y ahora resulta que lo matamos nosotros.
El pibe se llamaba Héctor Daniel Contreras.
Los vecinos de Acuba lo resumen de este modo:
—Veníamos tranquilos y los tanos nos empezaron a tirar ladrillos y a gritar negros de mierda. Uno se subió a la terraza, agarró una escopeta y empezó a los cuetazos. Hirió a tres y mató al pibe.
El pibe —Héctor Daniel Contreras— era cartonero, participaba de la manifestación y tenía dieciséis años. Del día de su asesinato, el 29 de mayo de 2009, sólo hay una filmación sin audio: una película muda que hace pensar en su muerte como un evento remoto. La imagen —un registro endeble que forma parte del sistema de seguridad de un negocio del barrio— muestra cien metros de asfalto en Villa Giardino y varias decenas de personas proyectando sombras largas sobre la acera.
Eso es lo único que puede verse: que la gente también muere en días de sol.
El resto lo dicen los diarios. Que tampoco explicaron nada.
El día de la muerte de Héctor Daniel Contreras los medios anunciaban las siguientes noticias:
La oposición repudió la agresión sufrida por el gobernador bonaerense Daniel Scioli, que había sido agredido físicamente por tres miembros del PRO vinculados con los sectores rurales.
Francisco de Narváez dijo que el PRO no tenía nada que ver.
Elisa Carrió dijo que las piñas no son forma de tratar a un gobernador. “Alcanza con no votarlo”, explicó.
Earl Anthony Wayne, embajador estadounidense, lamentó el episodio de Scioli y recordó que él ya está por irse de la Argentina.
Dijo Scioli: “Me van a tener que pegar un tiro en la cabeza para que deje de trabajar”.
Dijo Néstor Kirchner: “Esto lo hizo una banda fascista”.
Dijo el dirigente ruralista Rafael Bove, uno de los tres detenidos por los incidentes: “Yo sólo vi volar un huevazo”.
En síntesis: el día de la muerte de Héctor Daniel Contreras fue un día común. Un día como cualquier otro. Un día de aires tibios y chicanas partidarias y algún huevo. Ese día, 29 de mayo de 2009 —según cuenta el expediente por la muerte de Héctor Daniel Contreras— a las 14 horas y 25 minutos, ochenta manifestantes de Acuba volvían de hacerle un “aguante” —no queda claro qué es “aguante” en este caso— a una curtiembre de la zona cuando a la altura de Villa Giardino empezaron a recibir disparos. Una de esas balas le dio por la espalda a Héctor Daniel Contreras. El chico caminó unos pasos, se desplomó y dicen que murió en el acto. Minutos después, un italiano llamado Antonio Baldassarre fue señalado por los manifestantes como el hombre que apretó el gatillo.
De acuerdo con las denuncias que figuran en el expediente, Baldassarre se habría subido a la terraza de su casa, habría tomado una carabina —algunos dicen que una pistola Bersa 22— y habría empezado a disparar. Pero Baldassarre siempre negó todo. Según los vecinos de Villa Giardino —cuyos testimonios también están en el expediente— Baldassarre vio desde la terraza de su casa que un grupo de manifestantes incendiaba el Fiat 147 de su hijo y bajó a la calle para hacer la denuncia policial. Los oficiales se lo llevaron. Una vez en la comisaría, le pusieron las esposas y le avisaron que estaba detenido por homicidio.
Mientras Baldassarre conocía el encierro en la comisaría 7ª de Villa Diamante, una madre acomodaba una cruz blanca entre las manos muertas de su hijo.
Del velorio de Héctor Daniel Contreras casi no hay registros. La productora Endemol se enteró del episodio y mandó a su figura de entonces, la actriz Soledad Silveyra, quien en esos días conducía un programa llamado Un tiempo después. Pero no pudieron tomar imágenes. Blanca Elizabeth Ayala, la madre de Héctor Daniel Contreras, le pidió a Silveyra que hiciera apagar las cámaras, y Silveyra entendió. Las filmaciones son sólo de exteriores: hay oscuridad, hay lluvia, hay gente hundiendo los pasos en el barro. Hay silencio.
Luis María Herr, entonces compañero y reportero gráfico del diario Crítica de la Argentina, sí pudo tomar algo del velorio. Luego —por pedido de Blanca— la mayoría de las fotos no fue publicada. En las que tengo en mi escritorio, Héctor Daniel Contreras está cuajado en un féretro de tamaño mediano, adornado por festones blancos, con un rosario pálido enredado en los dedos. Ese cajón es lo único nuevo que alguna vez hubo en esa casa. Esos festones son lo único limpio. Como si la muerte de Héctor Daniel Contreras se hubiera presentado en ese hogar como una instancia de sórdida pureza.
Al día siguiente del velorio, los diarios titularon de este modo:
“Matan a un chico de 16 en una disputa por un predio” (Clarín).
“Matan a un chico en una marcha” (La Nación).
“Pobres contra pobres” (Página/12).
“Pobres contra pobres” (Crítica de la Argentina).
Todos ahí eran pobres.
Tanos y negros forman parte del 30 por ciento de población nacional que, según las consultoras privadas —entre ellas Fiel, Ecolatina y el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina—, está por debajo de la línea de pobreza. La diferencia es que los tanos tienen asfalto y casas de material, y que ese asfalto y esas casas son el resultado de un carácter: ellos —siempre insisten— pagaron impuestos y apostaron al Estado. A un Estado que, para el momento en que llegaron los asentamientos, había desaparecido casi por completo.
—Ellos no quieren trabajar, no les importa el estudio, sólo les importa que el Municipio les dé plata para los colchones —dirá alguien en Giardino.
—Ellos también empezaron de cero. Ahora nos toca a nosotros. ¿Por qué no podemos tener lo que tienen ellos? —dirá alguien en Acuba.
Pero, por fuera de las palabras dichas, lo cierto es que tanos y negros se parecen bastante. Viven —lo que no es poco— en un mismo suelo, que es lo mismo que decir en una misma desgracia. Y desde ese suelo desahuciado, desde la profundidad de lo que ya no tiene salvación alguna, se miran con odio y con un muerto en las manos.
Este libro empieza en agosto de 2009.
Nadie sabe cómo pasaron las cosas, pero a esta altura quizás tampoco importe.
Lo que importa es por qué.


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Ebook Los otros read Online! Periodista, cronista y narradora argentina. Ha escrito para Rolling Stone, Newsweek, Vogue, Brando, El País Semanal, Etiqueta Negra y Gatopardo, entre otras. En 2004 ganó el premio CEMEX-FNPI en la categoría texto. Dictó talleres de crónica periodística y publicó el libro de crónicas Los imprudentes.


Reviews of the Los otros


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